Mujer trans de Guatemala busca refugio en Estados Unidos

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Una tienda en Tecún Umán, Guatemala, con una bandera estadounidense el 29 de enero de 2019. Yariel Valdés González, un colaborador del Washington Blade, que ha solicitado asilo político en este país, entrevistó a Britany Nicole de Castillo, una mujer trans que huyó de Guatemala para escaparse de la violencia basada en la identidad de género. Valdés entrevistó a Britany cuando estaban bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en Tallahatchie County Correctional Center en Misisipi. (Foto de Michael K. Lavers por el Washington Blade)

Nota del editor: Yariel Valdés González es colaborador del Washington Blade, que solicita asilo político en Estados Unidos.

Valdés permanece bajo
custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en el Bossier
Parish Medium Security Facility en Plain Dealing, Luisiana. Estuvo recluido en
Tallahatchie County Correctional Center en Tutwiler, Misisipi, antes de su
traslado a Luisiana.

El Blade recibió esa nota el 29 de julio.

TUTWILER, Misisipi — La risa de Britany Nicole de Castillo es despampanante, de esas que llenan todo de espacio, contagiosa y por momentos hasta estridente. Quien no la conoce decía que sus 33 años han sido un lecho de rosas, lo cual dista mucha de la realidad. La vida la ha golpeado tanto que uno precaria que no le quedarían deseos de sonreír, pero no. Ella sonríe para todos: Para sus amigos, para su familia, para sus vecinos, para los homofóbicos y hasta para si misma.

Britany es una chica trans de Guatemala, sobreviviente de
varios ataques de odio por su identidad de género en su país natal, del cual
huyó hace más de dos meses. Cruzó la frontera sur y ahora mismo está en
territorio norteamericano solicitando asilo político. Conversó con al
Washington Blade mientras estaba recluida en Tallahatchie County Correctional
Center en Misisipi, cuando apenas iniciaba su proceso migratorio.

Tres instantes
de horror

Desde los 14 años, Britany empezó a sentir la homofobia,
sufrió bullying en la escuela, pues siempre se sintió mujer y como tal se
proyectaba pese a las ofensas de sus compañeros de clase o las indicaciones de
sus profesores. Siempre ha cuidada su imagen y aunque la conocí sin maquillaje
y vestida con un horrible uniforme verde oscuro, puedo imaginármela con
pestañas voluminosas, labios pintados, saya ajustada y unos zapatos que la
hacen ver más alta de lo que es. Precisamente por esa apariencia y por mostrar
sin miedos su verdadera identidad de género, Britany padeció disímiles ataques,
violentos que l dejaron profundamente mascada, tanto física como
emocionalmente.

“Cuando llevaba a mi sobrina a la escuela había un
señor que me ofendía y me tiraba agua a los pies cada vez que pasaba”, cuenta
Britany. “Un día lo enfrenté y me dijo que me iba a mandar a matar. Al
poco tiempo, me atacaron desde un carro. Salieron dos muchachos con el rostro
cubierto y me balacearon en el pie derecho y caí al suelo. Me quise levantar y
me pegaron otro disparo en la otra pierna. Luego un tercero que sale me rozó.
Si la pistola no se hubiera trabado me hubieron matado. El asesino, al ver que
no podía seguir usando el arma, usó los golpes y le propinó tres patadas, al
tiempo que le espetaba, ‘esto te pasa por ser gay’.

“¡Comportate como un hombre!”, le ordenó.

Tirada en la calle, Britany no sentía dolor, sale como si
le hubiera enterada una braza de fuego en sus extremidades inferiores. Las
balas habían entradas y salidas y allí estaban, temprano en la mañana pidiendo
sangre sobre el asfalto de Escuintla, la ciudad que la vio nacer y crecer.
Fueron los vecinos quienes le brindaron los primeros auxilios hasta que fue
conducida al hospital, donde permaneció internada por ocho días.

“Casí tres meses en cama hasta que volví a
caminar”, dice Britany. “Desde ese entonces sentía que cualquier
ruido me alteraba. Tuve una grave crisis psicológica. Me mudé de residencia con
mis padres para tratar de olvidar aquello”.

Al pasar tiempo, Britany fue recobrando poco a poco su
peculiar risa, pero otro incidente le volvió a nublar la alegría. Fue en
diciembre de 2018 cuando caminaba junto a una amiga por la calle y fue detenida
por dos policías.

“Nos causaron la motocicleta -cuenta- y nos pusieron
contra la pared”, dice Britany. “Nos maltrataron como si fuéramos
delincuentes. Nos cacharon y nos revisaron los documentos mientras se reían de
nosotros. Esas cosas no deberían pasar las autoridades deben respetar a todos y
no discriminar a nadie por su orientación sexual”.

La transfobia, la homofobia y la violencia contra las personas LGBTI —y especialmente las personas — sigue siendo común en Guatemala.

Britany vivía en un sobresalto constante. Temió por su
vida demasiadas veces, como aquella noche en la que regresaba de una actividad
con una amiga y un auto se les atravesó en el camino como una amenaza mortal.

“Se bajaron varios hombres armados, nos ofendieron y
nos amenazaron de muerte”, cuenta ella.

Britany pensó que había llegado su fin y mientras
lloraba, la tomó la mano con fuerza a su compañera. Uno de las criminales le
puso una pistola a su amiga y le quitó el dinero y su celular.

“Luego me robaron a mi también y me dieron tres puñetazos
en la cara para que me comportara tres como un hombre”, dice Britany.

¿En la tierra
de la libertad?

Todos estos y otros hechos empujaron a Britany a unirse a
una caravana de migrantes rumbo a Estados Unidos. Pretendía encontrar aquí la
libertad que Guatemala le había negado por tanto tiempo, para salvar esa risa
contagiosa, que tanto molestaba a los homofóbicos.

“La caravana ya estaba en Tapachula y allí me uní
con tres amigas trans”, dice ella. “Nos echamos a caminar: Unas veces
nos daban raite (autostop) y otras veces no veníamos en la avanzada de la caravana
en nuestra bandera gay.Algunas amigas venían con grandes cicatrices.
Dormimos en parques, en las calles, en iglesias que nos apoyaban. Pasamos
hambre, frio …”.

El viaje de Britany hacía su American dream duró más de un mes hasta que logró cruzar la
frontera por Playas de Tijuana. Allí se entregó a las autoridades migratorias.

“Luego me encerraron en la hielera sola. Allí estuve
ocho días. Me trataron como un animal. Solo había cuatro paredes y me lanzaban
la comida, solo un burrito, un jugo o una galleta y pasando mucho frío”,
dice Britany. “Como soy una chica trans me aislaron, no me pusieron ni con
los hombres ni con las mujeres. No veía la luz del sol. Me estaba volviendo
loca allí. Solo tenía una cama de cemento y un baño desbordado de basura al
lado. El lugar era estrecho, apenas me podía morir”.

Para contrarrestar el intenso frío de la hielera le
dieron solo una hoja de aluminio. Allí pasó días sin bañarse, sin cepillarse
los dientes hasta que su cuerpo no resistió y se enfermó. Diversas
organizaciones de derechos humanos y grupos de apoyo a migrantes se han
manifestado en contra del trato inhumano que reciben muchos solicitantes de
asilo político que entran a Estados Unidos en busca de protección. La actual situación
de una consecuencia directa de la política del presidente Donald Trump para
frenar el tránsito de migrantes hacia suelo estadounidense, una política de mano
fuerte, que le ha valido no pocas críticas.

“Me he sentido traumada porque me han esposado de pies y manos, como si fuera una criminal”, dice Britany. “A veces me deprimo un poco porque no veo mucho la luz del sol y no respiro mucho aire puro. Pienso que no merezco un castigo como este, porque vengo huyendo de la violencia de mi país y apenas llegar a los Estados Unidos estaba siendo discriminada y maltratada”.

Pero Britany no pierde las esperanzas de vivir en libertad en este país, donde no sea perseguida ni acosada, donde pueda casarse con quien desee y prosperar. “Lo primero que quiero es recuperarme física y mentalmente porque este proceso te hiere un poco y luego trabajar para salir adelante y ser libre por fin, sin que nadie me discrimine ni me ataque porque ser como soy”, concluye ella.

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